I. ¿Dónde están los muros libres? / Fernando Figueroa

A pesar de la actual profusión de concursos, exhibiciones, festivales, etc., no dejo de percibir un déjà vu nada halagüeño. ¿Qué hay de nuevo en las políticas culturales sobre el arte urbano del siglo XXI en relación con las políticas culturales del graffiti de los años setenta u ochenta? Nada. En forma y fondo todo sigue igual como un viejo estribillo que no nos cansamos de entonar una y otra vez.

El pulso que el graffiti y el arte urbano establecieron desde sus orígenes con la administración y la opinión pública, sobre todo por el primero, soñaba con conseguir un mundo más libre y humano. ¿Dónde está ese mundo? La aparente concordatio conseguida y aún por consolidar no puede considerarse una conquista cultural –una ampliación de la vivencia de la cultura como acontecimiento social–, sino que ha acabado plegando sus pretensiones creativas a las posiciones más ventajosas para el statu quo. No puede negarse que los talleres sociales, el colosalismo o el alegato del beneficio turístico ayudan a visualizar las bondades de un campo proscrito o que atrincherarse en el reducto de lo proscrito garantiza un baluarte de autenticidad, pero ambos conjuntos de actitudes, sin ir a más, dan la razón al sistema establecido. Esas actitudes relegan las contribuciones más frescas y revolucionarias que se soñaron y vivieron en los años setenta y ochenta. La principal, a mi juicio, era legitimar un arte libre y amateur, posible por la existencia de lugares donde pintar no fuese delito o por el hecho de que no se concibiese que el arte gráfico o plástico pudiese constituir un crimen.

Intercambio de escritores de graffiti Dortmund-Vallecas. Muro de contención en la calle Baltasar Santos de Madrid, España, mayo 1998. Fotografía de Fernando Figueroa.
Intercambio de escritores de graffiti Dortmund-Vallecas. Muro de contención en la calle Baltasar Santos de Madrid, España, mayo 1998.
Fotografía de Fernando Figueroa.

Espacio anteriormente ocupado por un mural de concienciación ecologista que, gracias a esta iniciativa, se convirtió durante una década en un graffitódromo aceptado por el vecindario y tácitamente por la administración. Actualmente su situación es de abandono o uso esporádico ante la presión represiva.

En el caso de la Aerosol Culture, la aspiración de la concesión de muros libres donde pintar tenía mucho sentido, porque demandaba un desarrollo cualitativo y artístico que requería de un espacio y un tiempo negados. Planteamiento ineficaz en el caso del getting-up, donde sería absurdo especificar a sus autores dónde y cuándo firmar o bombardear –aunque esté bastante asumido entre los escritores de graffiti el respeto al patrimonio monumental, medioambiental y público–. La liberación de muros no es una petición que entrase en la órbita de lo utópico, pues en el día a día se demuestra la existencia y viabilidad de esos lugares, aunque no se reconozcan oficialmente. Las grandes producciones, las writers’ corners, los halls of fame, los terrenos, hitos como el 5Pointz, etc. no sólo están ahí, reclamando un derecho a existir, sino que han llegado a obtener un respeto popular que, lamentablemente, no se ha fraguado normalmente en un reconocimiento explícito por parte de las administraciones públicas. Cierto que ha podido haber una tolerancia en el mejor de los casos, pero jamás se asume con sinceridad su entidad de buenos ejemplos.

Intercambio de escritores de graffiti Dortmund-Vallecas. Muro de contención en la calle Baltasar Santos de Madrid, España, mayo 1998. Fotografía de Fernando Figueroa.
Intercambio de escritores de graffiti Dortmund-Vallecas. Muro de contención en la calle Baltasar Santos de Madrid, España, mayo 1998.
Fotografía de Fernando Figueroa.

No era descabellado concebir que, al igual que hay espacios libres destinados al deporte o al ocio, otros albergasen la práctica recreativa de la pintura sobre muro. Antes, la ciudad industrial y desarrollista ofrecía generosamente esos espacios marginales o secundarios, incluso temporales, que tradicionalmente habían sido soportes de la acción popular, por su condición abierta, legitimando su ocupación y uso como un proceder cotidiano. Un desarrollo de la vida democrática pudo haber contraído la permisividad o haber establecido la ilegalización de la práctica en determinados espacios o situaciones, pero no parece admisible que diese lugar a esa prohibición indiscriminada y generalizada de la práctica que se nos impone. Evidentemente, sólo la perversión de la mirada fue capaz de interpretar como deslucimiento lo que era un enriquecimiento humano de una arquitectura anodina o decrépita, aun sin alcanzar una categoría artística.

Con la metropolización de nuestras ciudades, con unos extrarradios más civilizados, los espacios libres fueron menguando y se entró en la era del todo recogido, acotado y controlado. De querer espacios para grafitear, debían permitirse, regularse, homologarse, diseñarse e, incluso, rentabilizarse, además de evaluar la propuesta con criterios morales y no dejar lugar a la improvisación. Obviamente, todo esto pasaría, siempre y cuando se superase la traba de considerar que escribir o pintar espontáneamente es una tontería o un peligro, en vez de una necesidad humana.

Intercambio de escritores de graffiti Dortmund-Vallecas. Recinto Ferial, Avda. Buenos Aires, Madrid, España, mayo 1998.
Fotografía de Fernando Figueroa.

Terreno abierto habitualmente ocupado por crews locales (CZB) e invitadas, y para la pintada o el muralismo reivindicativo, social y político. Acogió esta exhibición promovida por la Unión Europea, reafirmando su tradición de uso para grafitear. Hoy en día sigue siendo un lugar para la práctica espontánea del graffiti, con el favor popular, pero sin el consentimiento expreso de la autoridad municipal.

Por supuesto, hubo experiencias que atendieron la liberación oficial de espacios para pintar. De modo puntual surgieron los grafitódromos. Por lo común, se plantearon como excepciones, dejando hacer en focos que ya existían espontáneamente, con la anuencia vecinal. Luego, fueron indicados por la administración, estableciendo que se pasase por unos filtros que delataban la acomodación a unos modos burocráticos, de fíchame a este, no exentos del tufillo censor y del recelo de la autoridad a todo lo espontáneo y callejero. Estos sitios sufrían los vaivenes de las diferentes administraciones públicas y de la ocurrente polémica mediática y electoralista, quedando con frecuencia en el campo de lo evanescente o de lo fantasmagórico, como vestigios de lo que fue y pudo haber sido. Respecto a la modalidad cuya responsabilidad delegada la asume una asociación vecinal u otra entidad civil, sus resultados adquirieron el aroma de una «reserva india», para lo que antes había asomado, bajo el prejuicio o la fobia, como el amenazador indicio de estar frente a un «territorio comanche». Son «muros tutelados», no «muros libres», cuyos responsables velan por el ordenamiento y la corrección de lo representado; porque el quid de la cuestión está en que un muro libre sería sobrada garantía de que se ejerce una acción libre, mientras que un muro tutelado perpetúa una dinámica selectiva en un nivel que no sería necesario. La coexistencia de muros tutelados y muros libres ayudaría a reconocer una realidad que reclaman como necesidad los muros ocupados o liberados, incluido el derecho a aventurarse, a arriesgarse o a «pintar mal».

Intercambio de escritores de graffiti Dortmund-Vallecas. Recinto Ferial, Avda. Buenos Aires, Madrid, España, mayo 1998.
Fotografía de Fernando Figueroa.

Que haya muros libres es lo que nos permite reconocer que la libertad puede vivirse en nuestra sociedad más allá del simulacro. Su falta delata un fuerte déficit democrático y el desarrollo incompleto de los derechos individuales y del diálogo social. Compensarían la perniciosa dinámica del muro tutelado: la excepcionalidad, el privilegio, el clientelismo, la excusa de la promoción profesional, la supeditación a la resonancia mediática, etc. El arte urbano o el graffiti en esas coordenadas deja de poderse considerar un contrapoder, papel lícito en el concierto democrático, para pasar a ser un instrumento o una mercancía.

Fernando Figueroa

Doctor en Historia del Arte por la UCM (1999) e investigador independiente de graffiti y arte urbano. Puede considerarse uno de los estudiosos más preocupados por la comprensión y divulgación del graffiti en el mundo hispánico, con una amplia labor como conferenciante.

Entre sus ensayos y monografías destacan: Firmas, muros y botes (2014), El grafiti de firma (2014), Graphitfragen (2006), El graffiti universitario (2004) o Madrid Graffiti (2002) entre otros.

researchgate.net/profile/Fernando_Figueroa_Saavedra

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