II. La absorción de la libertad / Fernando Figueroa

En general el graffiti se ha caracterizado por ser un experto en abrirse hueco y seleccionar soportes. En ese sentido combina lo silvestre y agrícola en su expansión territorial, germinando allí donde le es propicio. Para el escritor, la ciudad es un gran patio de juegos, donde la personalización o rehumanización del espacio se vincula con el desarrollo de su propia singularidad. Las propuestas de arte urbano también reclamaban un ensanchamiento de la consideración de la ciudad como espacio experimental y de intercambio cultural. Tácitamente, ambos amplían el derecho de uso y acción sobre el espacio público, demostrando furtivamente su viabilidad: el primero, escogiendo y apropiándose de su porción urbana, refrescando espacios yermos o mustios con arte y pasión, y el segundo, alterando el orden e interfiriendo en la vida cotidiana con propósitos interactivos, creando originales experiencias personales y colectivas.

Calle de ASN, callejón del Puente de Vallecas en Madrid, España, 1996
Calle de ASN, callejón del Puente de Vallecas en Madrid, España, 1996.
Fotografía de Fernando Figueroa

Este callejón se convirtió a mediados de los noventa en un terrenillo de crews locales e invitadas. En el centro apreciamos una pieza de Fleky y Rueda (APR), escritores de Entrevías. El asentamiento de terrenos o halls of fame se produce por la conjunción de una persistencia en habitar el lugar y de una permisividad vecinal, a la que se puede sumar la permisividad de los poderes públicos.

Tanto el graffiti como el arte urbano van a favor del impulso por extender el proceso de democratización y cohesión social, sin rehuir el conflicto, inherente a la salud democrática, y que pasa por la creación de una cultura de calle, con la integración de manifestaciones artísticas y deportivas, y de una disolución del arte en la vida cotidiana, liberándose de los espacios expositivos convencionales y del mercado. Todos tenemos derecho a participar, no sólo los especialistas, los bien formados y reglamentados. El simple hecho de expresarse, de mostrarse, de compartirse, de hacer un bien o sentirse bien sería ya suficiente legitimación.

No es que no se hayan conseguido logros importantes y un reconocimiento social gracias a la perseverancia de escritores y artistas, y la existencia de promotores culturales cada vez más sensibles a los matices originales del graffiti y el arte urbano, pero los mecanismos de absorción han acabado sacrificando buena parte de ese idealismo que entrañaba la expansión de la libertad, a favor de la consolidación y hasta de la consagración de un estado de cosas que aboga por aceptar la ilegalidad o el ejercicio tutelado de la expresión callejera como la normalidad. Dejar de cuestionar con criterio lo establecido o replanteado es entregarse a una vivencia mecánica o situarse por encima del bien y por debajo del mal. Por no hablar de la conversión en negocio de todo el meollo, aceptada aunque sólo sea por encontrar en ella alguna oportunidad de sobrevivir en este vertiginoso y voluble sindiós económico y vivencial que nos acoge. Poner una tienda, un taller, dar clases, darse al marketing, etc. no es que sea lícito, es imperioso para sentir un suelo bajo los pies en la sociedad del cuánto vale.

Calle de ASN, callejón del Puente de Vallecas en Madrid, España, 1996.
Fotografía de Fernando Figueroa

Existen unos criterios populares comunes acerca de qué espacios son susceptibles de ocuparse y personalizarse. Los principales son el abandono o su no uso. En el marco del graffiti, es legítimo servirse de lugares marginales o no-lugares, convirtiéndolos en lugares de estancia, recreo, encuentro, exhibición e intercambio. En ocasiones hay una tendencia a crear un ambiente envolvente y extraordinario, que aviva la fantasía, sin necesidad de grandes medios.

Si observamos que tanto las medidas de integración como las de represión forman parte de una misma moneda, nos podemos hacer una idea de que transigir con cualquiera de esas vías —ilegalidad o tutela— supone la aceptación de que la iniciativa absoluta recae en la administración pública y en la escala de valores que propicia el sistema económico y de relaciones sociales establecida. Además, implica una profesionalización y un circuito, y la necesidad de unos medios para crear que son inasequibles para la mayoría común, lo que acaba distanciando al graffiti y al arte urbano de la gente, haciendo añicos el «hazlo tú mismo» o el «tú también puedes». La espontaneidad, la informalidad o la insumisión comercial caen rendidas ante la coerción, la seducción y la culpabilidad.

Para lo que antes bastaba un aerosol, o ni eso, y una voluntad —la misma voluntad de un niño bastaba—, ahora se complica con la captación del torrente de creatividad espontánea mediante permisos, equipamiento, logística, seguros… sin que quede claro cuál es el camino acertado. La cuestión es dar apariencia de orden y convencer de que es la formación artística convencional, la red de suministros del mercado y los cauces oficiales la estructura idónea para el desarrollo creativo. Y esa normalidad pasa por la legalización, la capitalización, la mediatización y la regulación de cualquier actividad social.

Mural de Pelucas (2015), enfrente del Mercado de Villa de Vallecas, Madrid, España.<br>Foto de Juan S. B. Gutiérrez (2016).
Mural de Pelucas (2015), enfrente del Mercado de Villa de Vallecas, Madrid, España.
Foto de Juan S. B. Gutiérrez (2016).

El hiperdesarrollo del graffiti y, en especial, del arte urbano está generando un distanciamiento de la esfera popular. Si antes la proximidad a piezas de graffiti en tu barrio facilitaba la toma de conciencia de que su práctica estaba al alcance de cualquiera y desde ya mismo, ahora, con el despliegue de medios técnicos y la ilegalización de la práctica libre, se ha generado la impresión de que es cosa de especialistas, que requiere de una formación especializada y de medios al alcance de pocos. Ha incidido en subrayar la verticalidad social de la creatividad y la interacción, no su horizontalidad.

Posiblemente, algunos llamen a esa claudicación madurez, aprovechamiento de oportunidades o aceptación de la realidad, pero otros podríamos considerarlo un sacrificio inútil o una debacle, si no va unido al desarrollo de esa vieja reclamación: los muros libres. Festivales, concursos, exposiciones, muros tutelados… sin muros libres es tener más de lo mismo; no existe una expansión o renovación real de la sociedad democrática. Tener lo uno sin lo otro es sustancialmente muy diferente a que las dos cosas vengan juntas. Es una cuestión profundamente anclada en la realización de una ética sinceramente comprometida con la libertad, la igualdad y la fraternidad, de nutrir de verdad el espíritu que anida en las raíces sociales y que se resume en facilitar las oportunidades necesarias para la expresión de la individualidad, la pluralidad y la vitalidad de manera autónoma y responsable. No hace falta embarcarse en una profesionalización, ni gastar en una industria del ocio y del espectáculo ni tampoco obligarse a vivir la creatividad espontánea dentro de una senda antisocial. Sólo confiar en que el ser humano es capaz de crear momentos bellos en común, por el simple hecho de compartir su alma en libertad.

Fernando Figueroa 

Doctor en Historia del Arte por la UCM (1999) e investigador independiente de graffiti y arte urbano. Puede considerarse uno de los estudiosos más preocupados por la comprensión y divulgación del graffiti en el mundo hispánico, con una amplia labor como conferenciante. 

Entre sus ensayos y monografías destacan: Firmas, muros y botes (2014), El grafiti de firma (2014), Graphitfragen (2006), El graffiti universitario (2004) o Madrid Graffiti (2002) entre otros. 

researchgate.net/profile/Fernando_Figueroa_Saavedra

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