III. ¿Por qué no se liberan muros? / Fernando Figueroa

Existe un miedo a la libertad que nos devora como un cáncer, paralizándonos como cultura. Así se pudo ver en la polémica sobre el Mural de la Paz en Madrid, obra de Ramón Polo (1982), donde el Ayuntamiento tuvo que retractarse y anular su pretensión de crear un muro totalmente abierto a la expresión popular, en sintonía con el Muro de Berlín. Con un precedente así en el arte público de la temprana democracia, entendemos fácilmente lo complicado de dar carta de naturaleza a los frutos murales (y morales) de la eclosión graffitera y artístico-urbana en España. Pero lo que resulta incomprensible o paradójico es que fuese más común en los años ochenta e, incluso, en los primeros noventa la ocupación espontánea de muros sin ocasionar una alarma social que en la actualidad, tras años de «ejercitación» democrática. Nuestra democracia se ha encogido dentro de la cáscara.

Muro de la Paz, mural de Ramón Polo (1982), sito en la Plaza del Carmen de Madrid, España. Foto de Fernando Figueroa (2016).

Ejemplo de proyecto de muro abierto fracasado por la presión conservadora, política y mediática, ante el miedo al a-ver-qué-van-a-poner-ahí con el respaldo de la administración pública. Bajo la excusa de la obscenidad o la radicalidad se suelen recortar las plataformas de expresión libres.

En la raíz de estas tensiones nos topamos con la necesidad de moderar el proteccionismo privilegiado de la propiedad, que alcanza a espacios y acciones que antes habían sido insignificantes, y de compensar el menguado desarrollo del derecho de acción o uso, cada vez más restringido o capitalizado. De ahí la impresión popular de la desproporción de todo, tanto de las actividades —en cierto punto masificadas—, como de las reacciones —entre el abuso y el absurdo—, mientras que el impulso expresivo se coarta y encauza cada vez más en su dimensión social, sin lugar a la reelaboración de sus modos, más que en un plano comercial, mediático o virtual. Todo esto en beneficio de un mayor control social y de la implantación de un criterio urbanístico racionalista, racionalizado y racionado, que asume como conflicto la coexistencia de gustos dispares y donde aspectos como la cromofobia o el fantasma del salvajismo están todavía muy presentes.

Si se hiciesen festivales y existiesen a un tiempo muros libres se entendería que se aprecia una naturalidad que exime de la intervención inspectora de la autoridad, pero… ¿por qué es aún más difícil dejar dibujar o pintar la calle que cantar, bailar o jugar? ¿Por ocupar un lugar? ¿Por requerir un soporte? ¿Por dejar rastro, permanecer? Como si respondiese al hecho de que todo lugar tuviera un dueño particular, todo soporte fuese sagrado o toda huella maldita. Lo cierto es que, lógicamente, así no ha sido siempre. El respeto no sólo se expresa con el silencio o la distancia. Pero dados a igualar, castremos por lo sano. No dejemos hacer y envasemos la realidad, incluso al vacío.

Sin duda, desconcierta que se ningunee la necesidad de gestar usos y modos populares o se haga oídos sordos al beneplácito vecinal y del propietario; pero la asfixia de la cultura popular por la administración ha determinado que la expresión gráfica libre tenga que quedarse en una posición residual o ilegal, hasta el celo extremista de penar la acción de los niños o el grafiteado con tizas. Sólo se puede calificar de taimada o perversa esta inercia que ha llegado a censurar una expresión humana y urbana con argumentos tan populistas como la ecología. El graffiti mismo ha ido deambulando entre las competencias municipales de Seguridad, Juventud, Cultura o Medio Ambiente según toque, recordándonos que el higienismo desde el siglo XIX, pese a sus indiscutibles beneficios sociales, enmascara un alto componente clasista, disciplinario y represivo, siendo un excelente comodín para el ejercicio flagrante de la represión en contextos democráticos.

Observatorio panóptico de la Cárcel de Carabanchel. Foto de Fernando Figueroa (2007).

Los escritores de graffiti han visto reafirmada su ligazón con los espacios abandonados. En ocasiones, su grandiosidad y espectacularidad favorece el desarrollo compartido de un festival creativo que resalta, además, la faceta exploradora y aventurera de esta subcultura. Esos elementos se pierden con su inserción en los cauces oficiales y los modos de hacer de la cultura central, siendo conscientes de que existe una demanda vivencial por niños y adolescentes escasamente tratada y satisfecha en la sociedad contemporánea. Por otro lado, la no existencia de muros libres impulsa la liberación de muros, surgiendo casos tan paradójicos como éste: la cárcel convertida en catedral del graffiti y el arte urbano.

El gran problema es que, antes que un actuar humanizador, estas propuestas se ven como un producir que interfiere, violenta, deprecia, etc. la propiedad y nos recuerdan nuestra condición de humanos. La concepción del orden público y de la cultura es tan rígida y materialista que le irrita la «huella gratuita», el «rastro de lo cotidiano», la «salida de tono», el «apocalipsis figurado», la «roca en llamas», el «pulso del alma»… En suma, se desprecia lo que no se entiende desde la ceguera emocional o el conductismo cultural del ciudadano de a pie, pues tanto la mixtificación como la represión sólo se combaten con la expansión del conocimiento y el respeto a la vida, en todas sus manifestaciones. No todo aprecio tiene un precio, pero el materialismo incide en cercenar esas otras escalas de valores que forman parte de la vida en nuestra contabilidad diaria.

 

Conclusión

Liberar el espacio público no era un ideal descabellado ni antaño ni ahora, pero permitir el desarrollo de una cultura popular urbana o cultura de calle construida entre todos, sin la intrusión hegemónica de intereses políticos o comerciales, choca no sólo con el miedo a la libertad inculcado en la sociedad desde la administración y las elites sociales, sino que se da de bruces con la capitalización galopante del espacio público, escandalosa en el siglo xxi.

Pedir muros libres no sólo responde a un deseo de normalizar lo que en la práctica se ha hecho y se hace, y de dar cabida a una serie de impulsos creativos y coconstructivos que forman parte del gregarismo del ser humano, con una dimensión positiva innegable, a menudo retorcida por la imposición de barreras culturales e intereses sectoriales, sino que supondría la culminación de un proceso de integración cultural sincero, que rehuya la desnaturalización que surge de esa descontextualización-recontextualización que sirve al electoralismo partidista o al lucro empresarial, en primer término, y a la perduración del sistema y de la ideología que lo sustenta, en segundo.

La normalización del grafiteo general o el arte de calle forma parte de la promesa democrática y requiere replantearse los actuales modelos de propiedad en el espacio público, tan reducidos e insatisfactorios. Estos se supeditan a un enfoque eminentemente económico y no vivencial, que nos impela a la quietud y al conformismo, siendo la acción el principal valedor de la reivindicación de un vivir en plenitud y no en la alienación. Vencer el miedo al graffiti o al arte urbano —que lo hay— pasa por el respeto a la participación ciudadana, al derecho a la libertad de expresión y a la involucración en el diseño de nuestros entornos.

 

Fernando Figueroa 

Doctor en Historia del Arte por la UCM (1999) e investigador independiente de graffiti y arte urbano. Puede considerarse uno de los estudiosos más preocupados por la comprensión y divulgación del graffiti en el mundo hispánico, con una amplia labor como conferenciante. 

Entre sus ensayos y monografías destacan: Firmas, muros y botes (2014), El grafiti de firma (2014), Graphitfragen (2006), El graffiti universitario (2004) o Madrid Graffiti (2002) entre otros. 

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