El arte urbano como (verdadero) arte político / Sue975

«Nuestra sociedad se distingue por conquistar las fuerzas sociales centrífugas más bien con la tecnología que con el terror, sobre la doble base de una abrumadora eficiencia y de un creciente nivel de vida.»

El hombre unidimensional, Herbert Marcuse

 

 

Carlos Giménez
Viñeta recogida en España: una, grande y libre.
Cortesía del autor.
(© Carlos Giménez)

Cuando decimos que el graffiti, y por extensión el arte urbano, es un arte democrático, nos referimos a que todos tenemos acceso al muro. Todos somos libres de coger un espray y escribir una proclama antisistema o, si lo preferimos, una pieza de nuestro propio acervo.

Por eso el muro es el canal público por excelencia. Un espacio donde puede ser plasmada cualquier opinión o creación al margen del control institucional. En el muro cualquiera puede plasmar su queja para que sea percibida por todos. Pero nadie se imagina un canal de televisión donde se permita a un anarquista enmascarado exponer libremente sus opiniones.

El muro, por su visibilidad pública, es un canal efectivo donde el mensaje cala. Más aún cuando el receptor, que nunca peca de ignorancia, es consciente de que el mensaje que le está llegando no está sujeto a los tentáculos del sistema. (Por algo las administraciones se afanan en borrar los muros y multar a los enmascarados).

Por eso entendemos que todo arte urbano es político. Es un arte que conlleva por naturaleza una transgresión, primero, de los canales de comunicación, y, segundo, porque no está sujeto a los requisitos y mecanismos del mercado del arte. Es decir, es un arte que permanece al margen de lo que el sistema prevé para el circuito del arte.

Es un arte sin precio, que no tributa y que no está supeditado a ningún tipo de restricción administrativa ni conceptual. Es un arte que precisamente desde esta singularidad se posiciona frente a aquello que pone en tela de juicio, esto es, el sistema.

Pero, ¿puede ser arte político un arte con precio e IVA?

Marcuse explica en El Hombre unidimensional como la democracia liberal consigue asimilar las fuerzas antagónicas que le surgen en su desarrollo para hacerse así más fuerte y perpetuarse durante más tiempo.

El sistema había conseguido un totalitarismo invisible en el que las personas deseaban solo lo que el sistema necesitaba, es decir:

«En esta sociedad, el aparato productivo tiende a hacerse totalitario en la medida en que determina no solo las necesarias ocupaciones, actitudes y habilidades sociales, sino también las aspiraciones y necesidades individuales. De este modo suprime la oposición entre la existencia pública y privada, entre las necesidades individuales y sociales. La tecnología sirve para instituir formas nuevas, más efectivas y agradables, de control y cohesión sociales.»

Cuando un poeta o un cantante lanza un mensaje crítico socialmente, la única forma que tiene de hacer llegar al mundo su idea es a través de la venta de su disco o el número de reproducciones de su vídeo. De esta forma esta canción protesta alimenta precisamente al sistema que critica.

Algo similar ocurre con las obras de carácter político que habitan hoy en las ferias de arte contemporáneo. Resulta paradójico que obras que denuncian la injusticia social solo puedan ser compradas por aquellos que precisamente ejercen esa injusticia social. No digo con esto que todos los coleccionistas sean responsables, sino que buena parte de los que son corruptos coleccionan arte.

No hay que olvidar que el mercado del arte es la segunda opción favorita, después del sector inmobiliario, de aquellos que quieren blanquear su negro dinero procedente del robo, la corrupción y el tráfico. A Juan Antonio Roca, el ex asesor de Urbanismo de la trama Malaya de Marbella, le incautaron una colección de arte valorada en 1,4 millones de euros (https://elpais.com/diario/2006/04/10/espana/1144620012_850215.html). Incluido el Miró, bastante feo, que había puesto en el cuarto de baño.

Pero no cuesta imaginar las colecciones que tendrán otros presidentes ejecutivos, directores generales, consejeros y concejales. A Botín le pillaron sacando un Picasso de España con su yate.

El sistema está tan seguro de ganar que permite que todas estas obras políticas que le sacan las vergüenzas se vendan en ferias y mercados internacionales. Y si el alto directivo de un banco quiere tener en el salón una obra que se cague en el capitalismo podrá hacerlo libremente comprando la pieza. Y dando de comer al propio sistema-mercado, que el artista tanto quiere criticar.

El arte es burgués desde que el artista fue reconocido como tal. Y después por la exclusividad que aportó a la burguesía, que tanto anheló las distinciones sociales que la nobleza disfrutó durante siglos. En este país, lamentablemente, la burguesía todavía no ha asumido que el arte aporta aquello que tanto anhela, y prefiere invertir en plasmas antes que en obras que eleven su alma mercantilista.

El arte, como decíamos, es burgués por el carácter individual de la obra y del artista. Es exclusivo porque hay poco. No se pueden hacer obras de arte como panes, aunque la producción en serie warholiana sea el paradigma del pensamiento burgués y neoliberal. Los cuadros de Fulanito se cotizan porque solo hay un número limitado de cuadros suyos (entre otros aspectos), y por tanto solo pueden ser unos pocos los que los disfruten. El arte, aparte de alimentar el alma, lleva implícito su carácter exclusivo y burgués. La burguesía lo ha querido siempre para sí y, con ello, insisto, para barnizar su clase social con el brillo de las artes.

Es decir, que mientras que el mensaje del muro, donde se cobija el arte urbano, llega a todo receptor sin ser fagocitado por los recursos del sistema, el arte político de feria tributa, blanquea capitales y solo puede ser contemplado por unos pocos.

El arte político se da en los muros, en el entorno urbano y siempre al margen de las instituciones públicas o privadas. Cuando Dos Jotas (http://www.dosjotas.org/) intervino en 2007 sobre las señales en los jardines del Ayuntamiento de Madrid apelando al uso de la libertad y del espacio de los ciudadanos (http://www.escritoenlapared.com/2007/11/dosjotas.html) estaba haciendo arte político. No solo ya por la reivindicación a la que apelaba, sino porque estaba subvirtiendo el espacio público, los canales de comunicación y el mecanismo del mercado del arte.

Dos Jotas
Prohibiciones, 2007
Fotografía de Guillermo de la Madrid.

Quizá deberíamos hacer una analogía en cuanto a la denominación de arte político con la de presos políticos y políticos presos. Decimos entonces que el arte urbano es un arte político y que «lo otro» es un político arte.

No obstante, y como el mundo es una paleta de amplios matices, las políticas obras, cuando son buenas, dejan un poso en el entendimiento, aunque sea a costa de engordar al puerco.

La exposición «Entre-Between» del bueno de Antoni Muntadas en el MNCARS en 2011 (http://www.museoreinasofia.es/exposiciones/antoni-muntadas-entrebetween/) mostraba en una de las salas una exuberante escenificación de la arquitectura institucional de la Unión Europea (imagen). De ricas maderas labradas y moquetas azules, la sala, de pura magnificencia, le empequeñecía a uno. Cuánto lujo.

Una gran pieza que denunciaba precisamente el derroche y el carácter teatral de las instituciones europeas. Claro, no sería justo no reconocer que, aunque la obra se lleva a cabo con fondos del sistema, nos lega una alerta transparente: cuidado con el sistema. He aquí la seguridad que manifiesta en su propio mecanismo.

Un ejemplo similar podemos encontrar en la propuesta de Santiago Sierra para el Pabellón de España en la Bienal de Venecia de 2003 (https://elpais.com/diario/2003/06/15/cultura/1055628002_850215.html). En ella, el artista solo permitió la entrada de visitantes con pasaporte español, lo que supuso un quebradero de cabeza para aquellos que no pudieron entrar en la pieza.

Sierra denunciaba la situación de muchos refugiados y migrantes, que no tienen permitida la entrada en otros países, impidiendo la entrada de muchos de los visitantes a su obra. Una obra financiada por el Estado español, que es el mismo que no permite la entrada de refugiados ni migrantes.

No obstante, no se trata de llevar al cadalso al artista, y sí, más bien, de destacar la cualidad del arte urbano como verdadero arte político. Tanto Muntadas como Sierra dejan en nuestro entendimiento un poso de denuncia y de alerta sobre las maldades del sistema, aunque sea a costa de alimentarlo.

Ahora bien, queda todavía una obra de naturaleza muy especial. Una obra que se cuela entre los dientes de las ruedas del capital y que escapa a su apadrinamiento. Se trata de la obra rechazada y censurada. Cuando una obra es rechazada o censurada es porque ha tocado en la llaga y el sistema no es capaz de fagocitarla. La obra rechazada y censurada es siempre política. Son obras capaces de ponerse frente a aquello que quieren denunciar, o que simplemente denuncian por sí mismas.

Y las obras de arte urbano comparten con ellas este halo de libertad. Son expresión de arte al margen de los deseos que —nos cuenta Marcuse— el sistema te inculca para perpetuarse.

 

Madrid, enero 2018

sue975

Un comentario en “El arte urbano como (verdadero) arte político / Sue975

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