El dominio masculino en la pintura callejera / Pere Grané Feliu

Años atrás, cuando pintaba como escritor de graffiti en una exhibición la mayoría de las personas participantes eran hombres. Hoy en día, en los eventos de pintura callejera en los que participo, sea graffiti, arte urbano o muralismo contemporáneo, el dominio del género masculino persiste. Eso me llevó a plantear la pregunta que orienta este ensayo: ¿por qué los hombres ocupamos gran parte de los espacios en la pintura callejera?

La pintura callejera ha mantenido una carga machista que se ha sostenido históricamente. A principios de los años setenta muralistas feministas chicanas, como Judy Baca, Juana Alicia e Yreina Cervántez, constituyeron en California el colectivo Mujeres Muralistas, para problematizar la ortodoxia masculina del movimiento chicano y crear iniciativas de solidaridad entre mujeres. En ese mismo periodo, en Nueva York se popularizaba la inscripción de graffiti. Tradicionalmente, se ha considerado el graffiti neoyorquino como una actividad masculina, pero en los inicios las mujeres tuvieron un papel activo. Algunas de las escritoras históricas son: Eva62, Barbara62 o Lady Pink. A menudo, el trabajo de éstas y muchas otras escritoras era invisibilizado o etiquetado como «femenino».[1] Según Nancy Macdonald, quien entrevistó a diversas personas que protagonizaron este periodo, los roles de género son centrales para comprender el funcionamiento del graffiti, porque inciden en la construcción de las identidades de los escritores y escritoras.[2]

Mujeres Muralistas
Latinoamérica (San Francisco), 1974
Fotografía de Patricia Rodríguez
CC BY-NC-SA 3.0

En coherencia con esto, el graffiti de los años ochenta y noventa se dotó de un conjunto de mecanismos para asegurar el mayor estatus del que gozaban las identidades masculinas más excluyentes. En términos generales, en el graffiti de este periodo se tendían a rechazar los atributos que no eran suficientemente masculinos. Concretamente, se atribuían ciertas cualidades consideras femeninas a todas las escritoras, como, por ejemplo, la delicadeza o no saber controlar el miedo. También se las estigmatizaba cuando los escritores les daban un trato diferenciado por ser mujeres. Fruto de estas actitudes paternalistas, las escritoras no acababan gozando del mismo reconocimiento. Además, se las cosificaba cuando se realzaban más sus atributos pasivos, vinculados al físico, que los atributos activos, asociados con sus intervenciones callejeras.

Todos estos elementos condicionaban negativamente la presencia de mujeres y nos ayudan a entender por qué colectivos de mujeres han ido desarrollando estrategias de resistencia y negociación, como, por ejemplo: la creación de espacios seguros para pintar, crews compuestas únicamente por mujeres o exhibiciones de graffiti no mixtas. Por otro lado, puesto que las identidades de género no se adoptan de forma mecánica, también encontramos escritores que se oponen al modelo hegemónico de masculinidad y se relacionan de forma diferente con la feminidad.

Además, diversas escritoras de graffiti y artistas urbanas narran situaciones de acoso cuando han realizado intervenciones sin autorización por la noche.[3] En una conferencia titulada «Mujeres, graffiti y arte urbano» realizada el año pasado, una de las ponentes explicó que en alguna ocasión se había visto forzada a usar espráis de pintura para defenderse de los acosadores. Estas actitudes hostiles hacia las mujeres no son excepcionales y su finalidad última es imponer sentimientos de vulnerabilidad en determinados espacios urbanos. Tal y como expone Maria Rodó-de-Zárate, existe un fuerte control en los espacios urbanos a través del miedo, el peligro y el riesgo, que conlleva implicaciones de género, la visibilidad del cuerpo sexuado y la expresión de la sexualidad.[4] Todo esto tiene que ver con una distribución desigual de los roles de género que estructura quién y cómo debe hacer uso de los espacios urbanos.

En la mayoría de los espacios considerados como «públicos» encontramos un mayor predominio masculino, por ejemplo: en el caso del skateboarding, del parkour o, incluso, de la petanca. En contraposición, todas aquellas actividades relacionadas con el trabajo de cuidados, como, por ejemplo, recoger a los/as niños/as de la escuela, se asignan al género femenino. Esta configuración patriarcal construye los espacios urbanos como masculinos y designa qué actividades deben ser consideradas masculinas. Por lo tanto, para comprender el uso de los espacios urbanos necesitamos tomar en consideración estas barreras invisibles a la participación que existen. En caso contrario, podemos acabar atribuyendo la baja participación de determinados colectivos a una falta de voluntad, capacidad o implicación.

«En la mayoría de los espacios considerados como “públicos” encontramos un mayor predominio masculino»

A pesar de que el graffiti ha cambiado mucho desde los años ochenta, hay indicios que nos permiten afirmar que el género masculino continúa siendo dominante. Por ejemplo, en Cataluña, entre 2009 y 2015, el 94 % de las personas jóvenes denunciadas por «dañar y deslucir» vagones de ferrocarril y estaciones fueron hombres. Además, tal y como muestra el documental Girl Power (Sany, 2016), en diferentes ciudades donde hay una escena de graffiti activa, las escritoras siguen viviendo habitualmente discriminaciones de género. Así lo confirman colectivos de escritoras que se organizan para hacerles frente, como, por ejemplo, The Hate Lovers en Barcelona.

En el caso del arte urbano, encontramos voces que sugieren que existe más diversidad entre las personas que lo practican porque este movimiento se rige por valores que hacen mayor énfasis en el potencial comunicativo del lenguaje visual. En contraposición, también hay quienes sostienen que los sesgos de género han seguido evolucionando del mismo modo que lo han hecho estos movimientos culturales. En el caso del muralismo contemporáneo, también encontramos iniciativas para corregir estas desigualdades de género, como es el caso de la Agrupación de Mujeres Muralistas de Argentina.[5] Además, cada vez resultan más frecuentes los proyectos donde se toman en consideración cuestiones de género, por ejemplo, en el ámbito temático de los murales o en la selección de las personas participantes.[6]

Por último, comparto la posición de aquellas personas, como Sue975,[7] que sostienen que los movimientos de pintura callejera pueden ser estrategias para el cambio político. La realización de intervenciones visuales en la calle permite borrar las fronteras entre los espacios urbanos considerados «públicos» y «privados». Así, las personas que habitan dichos espacios pueden implicarse en cambiarlos y reinventarlos. Para enfatizar el carácter democrático de estos movimientos, debemos poner en el centro del debate las barreras excluyentes que existen, en especial las discriminaciones que reproducimos, con la finalidad de emprender acciones para superarlas.

 

[1]. En el caso del graffiti francés, un ejemplo de esto lo encontramos en el libro Graffeuses (2018), de Élise Clerc y Audrey Derquenne.

[2]. Macdonald, N. (2001). The graffiti subculture: Youth, masculinity and identity in London and New York. Houndmills: Palgrave MacMillan.

[3]. Recinos, E. (2015). «Is Street Art Sexist?». Recuperado de: https://www.artslant.com/ew/articles/show/41661-is-street-art-sexist

[4]. Rodó-de-Zárate, M. (2013). «Gènere, cos i sexualitat: La Joventut, l’experiència i l’ús de l’espai públic urbà». Papers, 98(1), pp. 127-142. Recuperado de: http://www.raco.cat/index.php/Papers/article/view/263728/351231

[5]. Para más información sobre la Agrupación de Mujeres Muralistas de Argentina, consulta: https://www.infobae.com/cultura/2018/08/16/arte-urbano-170-artistas-mujeres-buscan-que-en-buenos-aires-las-paredes-dejen-de-ser-cosa-de-hombres/

[6]. En Cataluña, algunos ejemplos de esto son: el proyecto Womart (http://www.txac.cat/txac/womart/); el proyecto de poesía y muralismo Fem rimes, fem graff (https://www.youtube.com/watch?v=SOkqqGRCh44); la incorporación de criterios paritarios en la selección de muralistas en la última edición del proyecto 12+1 en Sant Feliu de Llobregat (http://www.isupportstreetart.com/gender-equality-participation-proyect-121-barcelona/); o el Milestone Project, que en su última edición decidió contar exclusivamente con la participación de mujeres para visibilizar la tarea del género femenino en la pintura callejera (http://milestoneproject.cat/).

[7]. Sue975 (2018). «El arte urbano como (verdadero) arte político». Recuperado de: http://www.ensayosurbanos.com/2018/06/10/el-arte-urbano-como-verdadero-arte-politico/

Pere Grané Feliu

Artista callejero, sociólogo y doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Su investigación se ha centrado en el estudio de procesos de educación comunitaria a través del graffiti, el arte urbano y el muralismo. Actualmente, forma parte del Equipo de Investigación en Diversidad e Inclusión en Sociedades Complejas de la UAB y combina su actividad como investigador y artista urbano, con la de educador a través de las artes.

http://uab.academia.edu/PereGrané

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