Hacia un nuevo modelo de ciudad / Ninoska Juan Alvarez

La planificación urbana se viene desarrollando de la misma manera desde hace décadas; y mediante unos instrumentos y normativas pretende ordenar el suelo y regular su posible transformación. Este planeamiento se realiza en distintos ámbitos y cada uno de ellos depende de una o varias instituciones, pero si hablamos del ámbito de la ciudad, que es en el que queremos centrar la reflexión de este ensayo, necesitamos acompañar este planeamiento con una gestión, concretamente con un modelo de gestión de ciudad. Quiero destacar la palabra gestión, ya que me parece vital para que funcione el modelo de ciudad.

Muchas administraciones trabajan desde distintos departamentos o incluso se crean áreas específicas para gestionar algunos aspectos de la ciudad. En Barcelona, por ejemplo, han implantado muchas medidas y proyectos que definen a día de hoy el modelo de ciudad. Una de las novedades más destacables de Barcelona es el Departamento de Resiliencia Urbana, encargado de que el sistema urbano pueda prevenir, resistir y minimizar el impacto de cualquier peligro o riesgo dando una respuesta rápida. También son importantes el Plan del Verde y la Biodiversidad, el proyecto de Ciudad Jugable y, ahora, con la mirada puesta en la emergencia climática, el Plan Clima. Pongo de ejemplo Barcelona porque es una ciudad cercana a mí y considero que está en una transformación continua para mejorar e innovar, y también porque es un referente mundial.

Últimamente, las ciudades (Barcelona es una de ellas), además de querer ser sostenibles, inteligentes y resilientes, empiezan a incorporar conceptos como la inclusión o los estilos de vida; se dice que el centro de toda planificación o modelo son las personas. Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando miras las áreas o departamentos vinculados al espacio urbano, ninguno hace referencia a las personas o a la ciudadanía en concreto, más allá de tener la intención de mejorar su calidad de vida.

Es indudable que, desde hace unos años, la participación se ha ido reincorporando poco a poco a los proyectos de gestión urbana (mejor o peor según cada administración) con el objetivo de intentar que estos sujetos, la ciudadanía, no solo reciban servicios y gocen de los espacios públicos y equipamientos que les ofrece su municipio, sino que, además, sean participantes activos en su planificación y transformación. Para ello la administración habilita toda clase de mecanismos que permiten la participación ciudadana en diferentes ámbitos y con distintas intensidades. Aunque normalmente se acercan más a consultas sobre proyectos concretos, a veces es posible realizar un proceso de participación en el que, a través de diferentes sesiones y talleres, las personas pueden analizar, reflexionar, opinar y proponer para dar respuesta a necesidades o problemas comunes detectados.

Estos procesos pueden tener más o menos extensión y duración en el tiempo, pero por lo general son espacios demasiado formales, donde gran parte de la población no acude, ya sea por problemas de horario, desinterés o simplemente porque desconoce que existe este proceso. Por un lado, este es para mí uno de los grandes problemas de la participación, ya que realmente cuesta llegar a la mayoría de las personas y, por otro, nos falta cultura de la participación. Al ser personas de una sociedad democrática, estamos acostumbradas a delegar en quien hemos votado y en la administración pública, y con eso nos desprendemos erróneamente del compromiso con el bien común, ya que el espacio público es el espacio de todas y es tan o más importante que nuestro hogar, ya que nos permite socializar y llevar a cabo todo tipo de actividades.

La covid-19 ha sido un golpe muy duro para nuestra sociedad, pero nos ha permitido darnos cuenta de qué pasaría si no pudiéramos salir de casa, de cómo sería vivir sin espacios donde podamos encontrarnos y relacionarnos físicamente. Esta crisis sanitaria nos ha permitido, a medida que nos hemos desconfinado, redescubrir nuestro barrio: ver qué tipo de aceras y tipología de calles tenemos a un kilómetro de casa; si tenemos plazas, parques, comercios, árboles en las calles, etc. Nos hemos apoderado de las calles y hasta los coches nos molestan, esto nos lleva a repensar qué pasaría si hubiera menos espacio para los coches y más para las personas. Y aunque este ejercicio de reflexión no ha sido premeditado, sí que nos ha permitido experimentar en primera persona el espacio público jugando en las calles y plazas, paseando y conviviendo de otro modo. Y es en estas experiencias propias donde empieza el cambio.

Por este motivo, es imprescindible que las personas participen de manera activa en la transformación de nuestras ciudades, no solo desde la fase de estudio y generación de propuestas, sino desde la acción. La participación es un paso para romper con las reglas de diseño del paisaje urbano y su planificación, pues se añade la participación social a la ecuación, pero está claro que está limitada, como ya hemos comentado, y por lo tanto es necesario ir más allá para que la gente se implique. La ciudadanía tiene que experimentar de primera mano el problema a través de espacios donde pueda participar para ver su dimensión y así querer resolverlo; solo así será posible un cambio hacia un nuevo modelo transversal y que impulse la participación. Las artes y, en especial, las artes visuales son una herramienta muy efectiva, porque permiten que cualquier persona intervenga en el proceso de ver el problema y buscar la solución. El arte siempre ha estado anclado a la realidad social, actúa con visión crítica y permite la participación de cualquier persona y colectivo, ya que es intergeneracional e inclusivo. Es un lenguaje común para todas que permite expresar y despertar emociones con las que se puede conmover a las personas y conectar con ellas.

Desde hace un tiempo, junto a la Fundación Contorno Urbano, venimos realizando tanto arte público como comunitario, en el que cientos de personas colaboran para producir un mural que mejore el paisaje urbano cotidiano. Estas personas, jóvenes y mayores, toman pincel y rodillo para solucionar un problema que habían detectado en el barrio. Este es el primer paso para el despertar colectivo y ver que podemos ser agentes del cambio. Quién iba a pensar que un pincel podría empoderar tanto e incluso crear identidad colectiva.

Intervención de Doa Oa para el proyecto “Vincles”.
Sant Vicenç dels Horts, 2019.
Fotografía de Clara Antón.

Últimamente, hemos querido dar un paso más hacia el proceso de experimentar la calle desde la acción, lo que nos ha llevado a hacer muchas intervenciones de artivismo. Este concepto incluye el arte, pero también el activismo, entendido como una acción social de carácter público. El artivismo permite realizar esta reflexión y crítica del arte desde el mismo espacio público para visibilizar las problemáticas de su uso, funcionamiento, regulación, etc. De esta manera, al llevar a cabo las acciones en la calle, el artivismo permite llegar directamente a la gente de ese lugar con acciones disruptivas y que invitan a reflexionar, tanto a las personas que directamente las ejecutan como a las que las viven de manera indirecta. De este modo, es más fácil acercarte y despertar a la sociedad haciéndole ver que es necesario un nuevo modelo de gestión de nuestras ciudades y que es posible hacerlo con ella desde el principio, acompañando y dando herramientas para que todas las personas hagan el proceso de activación.

Festa de la arquitectura de Barcelona en la «Semana de la arquitectura». Proyecto impulsado por el Colegio de Arquitectos de Cataluña (COAC). Esplugues de Llobregat, 2019. 
Fotografía de Alex Miró.

Solo el scaling deep, es decir, que las personas sean conscientes del problema y quieran ser parte de la solución, permitirá diseñar unas ciudades con un modelo basado en la innovación social y la cultura como herramientas de transformación. Para mí, un nuevo modelo de ciudad tendría que activar la inteligencia colectiva mediante intervenciones artísticas en el espacio público que inviten a reflexionar y repensar nuestras ciudades, ya que la propia intervención en sí misma es un proceso de aprendizaje y de transformación personal. De esta manera, se le está ofreciendo a la ciudadanía una nueva vía de participación que la capacita para despertar y ser resiliente, permitiéndole generar cambios y mejoras reales desde lo individual para lo colectivo.

Ninoska Juan Alvarez

Licenciada en Arquitectura y máster en Diseño de Espacios Urbanos, Arquitectónicos y Movilidad. Tiene más de diez años de experiencia colaborando con el tercer sector, es cofundadora de la Fundación Contorno Urbano y se dedica a gestionar proyectos de regeneración urbana mediante la participación social utilizando la creatividad y las artes visuales como herramientas de transformación.