Caso Fisac. La esfera pública y el paisaje urbano como espacios en disputa / Chema Segovia

A mediados del pasado mes de septiembre, en Getafe, el equipo Boa Mistura realizó un mural multicolor de gran formato que cubría, de extremo a extremo, dos fachadas de un edificio firmado por el renombrado arquitecto Miguel Fisac. Aunque la intervención se publicó en Instagram con entusiasmo y fue acogida con un aluvión de likes, también dio pie, inmediatamente, a encendidas reacciones a la contra que, en las siguientes dos semanas, acompañadas por el ritmo de los acontecimientos, fueron sumando adhesiones y redoblando su rotundidad. No era la primera vez que Boa Mistura se veían envueltos en la polémica; esta, en concreto, encontraba además ecos en otros sucesos recientes que contribuyeron a intensificar su visibilidad pública. Con todo, el elemento que más singulariza al caso Fisac es el papel que en él ha desempeñado el gremio de arquitectos como voz autorizada para emitir sentencias y allanar así la discusión al resto de opiniones contrarias a la intervención.

A lo largo de este artículo, analizaré varios aspectos que hasta ahora no se han introducido en el debate y justificaré su relevancia. A partir de ahí, intentaré hacer ver cómo, en la discusión generada por el caso Fisac, existe un ligero toque de impostura con el que se defienden ciertos derechos adquiridos en el entorno social y sobre el paisaje urbano. La defensa de dichos privilegios se sostiene sobre ideas preestablecidas que una lectura profunda de lo acontecido podría ayudar a desmontar.

El puño del arquitecto

Comenzaré por un asunto de base que se ha presentado como incuestionable. ¿Es realmente valioso como patrimonio arquitectónico el polideportivo de la Alhóndiga? Si es así, ¿a causa de qué criterios? Estas preguntas no pretenden ser retóricas ni tendenciosas, sino que se formulan porque una revisión del debate evidencia que no se han respondido más que con ideas poco fundamentadas, cuando no directamente mágicas.

En esta segunda categoría se encuadra el argumento central para la defensa del edificio: la simple firma de Fisac. La autoría ha ocupado en todo momento una posición preeminente con respecto al polideportivo. De hecho, la principal forma de denotar el interés de la construcción ha sido ligarla directamente a la figura del arquitecto, resaltando aspectos que nada tienen que ver con lo arquitectónico, sino que apuntan directamente a lo emocional. Por ejemplo, que fue «su última obra hecha en vida», «la que le devolvió el entusiasmo» o que, a pesar de ser un proyecto en el que participó semijubilado, con cerca de noventa años, asistiendo a un grupo de jóvenes arquitectos, Fisac llegó hasta el final de su vida «con lucidez» [1]. ¿Basta la autoría del arquitecto para dotar de valor a cualquier obra que se inscriba en el conjunto de su trabajo? Responder afirmativamente a esta cuestión, entre otros problemas, desvirtuaría aquellas obras verdaderamente relevantes, pues diluiría la importancia de las singularidades que las hacen destacar.

Desarmada la coraza mágica de la firma autoral, estamos en condiciones de reconocer que el polideportivo de la Alhóndiga es un edificio cuyo interés arquitectónico va poco más allá del patrón que adorna sus fachadas y de una aplicación modesta de las tradicionales vigas hueso de Miguel Fisac. A pesar de que en la excitación de los últimos días se haya llegado a hablar de «obra maestra» [2], tal y como se ha admitido de forma más comedida [1], estamos ante un proyecto manifiestamente menor. Pero, aun así, la razón de su falta de enjundia no debe buscarse simplemente en su diseño, sino más bien en el paupérrimo modelo de producción de arquitectura y espacio urbano del que fue fruto.

Intervención de Boa Mistura en el polideportivo de La Alhóndiga en Getafe.
Fotografía de Boa Mistura.
Pueden consultarse fotografías del proyecto de Miguel Fisac en la web del fotógrafo Vicente Martín.

Toda la discusión pública del caso Fisac usa como centro de giro las fotografías del antes y el después del edificio intervenido. Todo lo ocupa la pieza. Si abrimos un poco más el objetivo y observamos el paisaje en torno al polideportivo, adquirimos una comprensión más precisa del proyecto. La caja de hormigón se sitúa en la esquina de un complejo deportivo mayor, compuesto por otros elementos más vulgares con los que Fisac no establece ninguna relación de coherencia. A su vez, el complejo deportivo se localiza en el borde urbano de Getafe, junto a una carretera sin apenas acceso peatonal y próximo a un PAU (Programa de Actuación Urbana)*  a medio construir. Podríamos decir que todo su entorno urbano atenta contra la dignidad del edificio de Fisac, si no fuese porque el edificio de Fisac es parte de ese entorno urbano.

El polideportivo de la Alhóndiga, levantado en 2004, es un fragmento del modelo de desarrollo que imperaba en España en los años de aquel boom definido por una mentalidad expansionista, la generación de grandes infraestructuras pensadas desde la planificación dibujada sobre plano, las inversiones públicas que actuaban como cabeza de puente para la promoción de vivienda privada y la multiplicación de concursos de arquitectura, en su mayoría de segunda fila y mal planteados, que las escuelas, los colegios y las revistas nos vendieron como un lustroso refugio ante todo ese ruido.

Localización del polideportivo de La Alhóndiga en Getafe (Infraestructura de Datos Espaciales de la Comunidad de Madrid).

Los derechos adquiridos por una parte del gremio de los arquitectos se cimientan en la falacia de la arquitectura de autor como obra autónoma, en pensar que sus atribuciones terminan en el perímetro del edificio construido y que lo de más allá —los aspectos políticos, sociales, económicos, urbanos o medioambientales— es pura mundanidad sobre la que se eleva lo sagrado del trabajo artístico. Es, de hecho, irónico que el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España aleccione a la alcaldesa de Getafe explicándole que «la arquitectura, por lo tanto, responde a una ubicación, a un uso y a un programa funcional para el que ha sido proyectada. Pero también a un momento, a una época y a unos aspectos sociales, culturales e históricos determinados que la hacen única e irrepetible, constituyendo un patrimonio de toda la sociedad» [3] y que lo haga refiriéndose a una obra que, desde la perspectiva que enuncian, queda completamente devaluada. ¿De verdad hay comprensión de contexto y de época en un edificio marcado únicamente por lo autoral y lo introvertido? ¿Gana valor social y funcional una pista de baloncesto al adornar sus fachadas? ¿Por qué los conceptos de valor arquitectónico y valor patrimonial se usan como si fuesen equivalentes e intercambiables?

No deja de ser sorprendente, más aún después del terrible impacto de la crisis, que los estamentos más altos de la arquitectura no hayan reconocido el daño que aquella enajenación provocó a la profesión. Es llamativo que sigan concentrándose en atender solo a la pieza, en hablar de maestría, en alabar las geometrías y las texturas de una pared de hormigón y que esa mirada tan estrecha siga teniendo tanto peso en el diálogo social hoy día. Si esto sucede es porque a una parte del sector le ha interesado siempre preservar ciertas comprensiones.

El talón del arte urbano

Veamos ahora el caso Fisac desde una segunda perspectiva: cómo lo acontecido se ha aprovechado para activar críticas recurrentes dentro del entorno cultural que concluyen en la total falta de interés e incluso en lo pernicioso de cierto tipo de arte urbano [4]. El trabajo de Boa Mistura ha sido blanco fácil de ese tipo de juicios [5] que, bajo mi punto de vista, aunque puedan acertar en muchas cosas, pasan por alto rasgos particulares del equipo madrileño que servirían para dar pie a una conversación más carnosa y alejada del lugar común.

Tras cohesionarse como grupo en su adolescencia, cuando salían a pintar graffiti, Boa Mistura empezaron a profesionalizarse en torno al 2011. Conectaron entonces con una escena por aquellos años emergente de numerosos equipos de jóvenes arquitectos unidos en una misma ambición: repensar la profesión para dar con una forma nueva de construir el espacio urbano. Contra esa arquitectura enajenada que había desempeñado un papel clave en el colapso económico del Estado español, esta nueva generación exaltaba lo colectivo frente a lo autoral, la proximidad social frente a la actitud técnico-artística, el trabajo multidisciplinar frente a la sectorialización estanca y la intervención urbana no dependiente de la construcción [6].

Aunque dentro de aquel movimiento Boa Mistura fueron un equipo que primó la acción más que la reflexión, los mimbres del discurso que todavía hoy emplean, la base de sus métodos de trabajo y las aspiraciones que se marcan se definen dentro de aquel contexto. En palabras de Boa Mistura, su ámbito de actuación es el «espacio público», donde intervienen por medio del arte entendido como «herramienta de cambio y una forma de hacer ciudad» [7]. Ese afán por explorar el posible alcance de la intervención en el paisaje urbano sobre diferentes dimensiones de la ciudad (lo físico, lo identitario y lo comunitario, principalmente) es un elemento distintivo de la propuesta de Boa Mistura que marca una enorme distancia entre su actitud y la de Okuda (artista con el que se los compara de forma constante), y que sigue pendiente de un análisis en profundidad. Frente a la rápida inclinación de sentenciar que ese afán por transformar la ciudad no es más que una voluntad proclamativa y una retórica comercial, diré que, como urbanista, el trabajo de Boa Mistura, por esa conciencia de actuar en un contexto urbano de carácter social y, sobre todo, por haberse ido armando progresivamente a lo largo de un itinerario muy particular, me permite reflexionar mucho más de lo que lo hacen otros, tanto por sus posibles logros como por sus vertientes más problemáticas.

Intervención de Boa Mistura en el proyecto Autobarrios San Cristobal como colaboradores del colectivo Basurama en el año 2013.
Fotografías cedidas por basurama.org CCBY-NC-SA 4.0

En aquellos años iniciales de los que hablaba antes, los colectivos de jóvenes arquitectos que buscaban abrir espacio a una nueva forma de ejercer la profesión tuvieron que apoyarse primero en el activismo y en la autogestión; y, algo más tarde, en pequeños contratos con el sector público. Lo último se entendía necesario no solo por una cuestión de subsistencia, sino también como vía para incidir en el ámbito de la política urbana e introducir en él los cambios que se ansiaban. Los primeros flancos de permeabilidad que el urbanismo emergente encontró fueron concejalías de poder secundario, como —lamentablemente— acostumbran a ser las de Juventud, Participación o Cultura. Lo que se pensaba que era el primer peldaño de una escalera hacia la renovación terminó desvelándose como un reducto de precariedad y estancamiento [8]. La planificación urbanística y los proyectos de cierta envergadura seguían siendo impenetrables, y los colectivos de arquitectos comprobaron que resultaba difícil trascender un espacio político que no dejaba de ser marginal. Aquel espacio que los arquitectos descubrieron con sorpresa, por otro lado, ya era familiar al entorno artístico juvenil y, por extensión, al arte urbano que buscaba respaldo institucional.

Ante esa tesitura, muchos equipos de arquitectos, impulsados por el orgullo del sacrificio y la debilidad ante el reconocimiento público que se nos inculca desde las escuelas, se autoexplotaban por contratos menores y trabajaban sin recursos; en cambio, Boa Mistura, que procedían de un entorno ligeramente distinto, tuvieron la habilidad de responder a la situación definiendo tres o cuatro métodos de trabajo que medían con inteligencia la remuneración recibida, los esfuerzos demandados y los resultados obtenidos. De este modo, repitieron hasta la saciedad el muro coloreado participativamente sobre el que luego se escribía un mensaje contorneado de blanco, las palabras que se descubrían al mirar desde una determinada perspectiva y, más actualmente, las superposiciones de colores y formas geométricas que alteran el aspecto y la geometría del paisaje urbano. Aunque en esa entrega a las exigencias del sistema haya un punto evidentemente reaccionario, en el caso de Boa Mistura se hace de una forma tan directa e indisimulada que también tiene cierto aire punk: «esto es lo que quieres, esto es lo que hay».

A día de hoy, Boa Mistura han adquirido unas proporciones mastodónticas y es cierto que se han convertido en otra cosa. Aun así, los automatismos de su trabajo permanecen y en ellos se siguen revelando dinámicas de presente como son el poco peso de ciertos asuntos en la gestión pública actual (la juventud, el arte, la cultura, la intervención urbana periférica, etc.), la habitual ausencia de cualquier tipo de planificación, el ocurrencialismo reinante, la escasez de recursos que obliga a trabajar rápido sin permitir la reflexión y, por último, la poca exigencia que se deposita en los resultados cuando dos posts en redes sociales sirven para justificar un encargo. Desde esa perspectiva, las flaquezas de Boa Mistura se leen como síntoma y no como enfermedad. En las entrelíneas de la playa, la mirada atenta podrá descubrir los adoquines de la mediocridad sobre los que tiene que trabajar todo un escuadrón de jóvenes arquitectos, artistas urbanos, gestores culturales y otros muchos perfiles.

Conclusión. El espacio intocable

Volviendo al caso Fisac, cierro este texto recapitulando las ideas expuestas y conectando las dos partes en las que he dividido lo escrito. Empecé poniendo el foco en cómo el supuesto valor del polideportivo de la Alhóndiga, que sirve para decretar la inviolabilidad de una presencia en el espacio urbano, lo confiere una voz presuntamente autorizada que es al mismo tiempo jueza y parte. Aunque dicha voz se exprese en representación de todos los arquitectos, no habla en absoluto por el conjunto de la profesión, que históricamente y, en particular, hoy en día está atravesado por comprensiones en disenso.

Es interesante observar cómo dicha voz investida de autoridad ha logrado que, por primera vez, Boa Mistura reconozcan el fracaso de una de sus intervenciones, incluso han llegado a ofrecerse para borrarla [9]. Esto sorprende más aún cuando los inicios de su trayectoria profesional estuvieron ligados a la defensa de una noción más amplia, más dinámica y menos vertical de la producción del entorno habitado.

A su vez, el pulso ganado a un colectivo que desde antes despertaba enormes recelos en una parte del mundillo del arte urbano y de la crítica cultural ha sido visto como la oportunidad definitiva para acometer contra ellos desde ese frente. De esta forma, un entorno que persigue valores y posee intereses enfrentados a quienes dictaron sentencia en la polémica se ha aliado al ataque contra Boa Mistura, asumiendo el papel de remolque.

El debate abierto por el caso Fisac tiene un clarísimo componente político en el que se discuten cuotas de poder en el control del paisaje urbano. El análisis propuesto pretende, en último término, hacer ver la necesidad de superar ciertos apriorismos para detenernos a politizar lo que parece sencillo. Esto es más que necesario cuando lo que sucede se sitúa en campos en permanente agitación y disputa como son la esfera pública y la ciudad.

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*Los Planes de Actuación Urbanística (PAU) son figuras de planeamiento introducidas en los años del boom con la intención de acelerar al máximo el desarrollo urbanístico vía inversión inmobiliaria. Justificándose en la lentitud de la planificación tradicional e insistiendo en la necesidad de movilizar el capital privado para financiar la actuación pública, los PAU cedían una gran cantidad de competencias a los «agentes urbanizadores», promotores privados que se hacían con el diseño y la construcción de grandes sectores de ciudad previa aprobación rápida de las administraciones. Las consecuencias de esta planificación en diferido fueron el crecimiento urbano guiado por la oportunidad de mercado, la producción de barrios enteros sin relaciones de entorno ni criterios de interés social y las muchas corruptelas derivadas del desarme de una herramienta de control público para convertirla en una máquina generadora de plusvalías.

Notas

[1] Hernández, J. R. (2020, 25 de septiembre). La vandalización institucional se ensaña con la última obra de Fisac. elDiario.es. https://www.eldiario.es/opinion/vandalizacion-institucional-ensana-ultima-obra-fisac_1_6247658.html.

[2] Álvarez, E. (2020, 25 de septiembre). Intervención de Boa Mistura: otro pésame para Fisac. Neo2. https://www.neo2.com/boa-mistura-fisac-intervencion-polemica/.

[3] Riaño, P. (2020, 2 de octubre). Los arquitectos españoles reclaman a Getafe que devuelvan a Fisac a su estado original. El País. https://elpais.com/cultura/2020-10-02/los-arquitectos-espanoles-reclaman-a-getafe-que-devuelvan-a-fisac-a-su-estado-original.html.

[4] Un ejemplo de reacción externa al ámbito de la arquitectura sería la opinión del filósofo español Fernando Castro, que semanas antes también se expresó contundentemente contra la intervención de Okuda en el faro de Ajo. Puede verse en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=W1tMXlZgC1E.

[5] Lenore, V. (2020, 31 de agosto). Más allá de Okuda: el arte de no decir nada (con dinero público). Vozpópuli. https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/okuda-revilla-faro-ajo_0_1387361344.html.

[6] Paisaje Transversal (2014). “Un altre urbanisme és possible. La nova praxi urbana davant del canvi d’època”. Revista Papers, (55), 40 – 46. https://iermb.uab.cat/es/revistapapers/discursos-emergentes-para-un-nuevo-urbanismo/.

[7] Emplean dichos términos de manera habitual, por ejemplo en la breve entrevista a la que se accede a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=hygFzfF2yVc.

[8] Marrades, R. (2014, 12 de diciembre). No lo llaméis urbanismo emergente, llamadlo urbanismo precario. elDiario.es. https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/la-ciutat-construida/llameis-urbanismo-emergente-llamadlo-precario_132_4466565.html.

[9] Así lo hicieron en un comunicado publicado en su Instagram el 24 de septiembre, que eliminaron una semana después.

Chema Segovia

Arquitecto especializado en políticas urbanas y, en particular, en el estudio de los vínculos entre cultura y ciudad. Titulado por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla en 2009 y Premio Extraordinario del Máster en Ciudad y Urbanismo de la UOC en 2019. Coordinador del área Sociedad-Cultura-Ciudad en la consultora Culturalink. Miembro colaborador de Econcult, Unidad de Investigación en Economía de la Cultura de la Universitat de València. Profesor colaborador del Máster en Ciudad y Urbanismo de la UOC, encargado de impartir la asignatura Espacio Público y Ciudadanía. Responsable del diseño y la coordinación de la Estrategia de Activación del Espacio Público de La Marina de València desde 2016. Coautor de los libros ESPACIOS para la Innovación, la Creatividad y la Cultura (Publicacions de la Universitat de València, 2015) y La Ciutat Construïda. Del Pla Urbanístic al Procés Ciutadà (Fundació Nexe, 2014).

2 comentarios en “Caso Fisac. La esfera pública y el paisaje urbano como espacios en disputa / Chema Segovia

  1. Una lástima que la prepotencia de algunos arquitectos siga mponiéndose al trabajo del resto, que a estas alturas en el debate entre el arquitecto Dios y el arquitecto como servidor social se vea todavía ganado por el primero… Demasiado poder en juego y una sociedad muy acomplejada es lo que tenemos…

  2. No creo que solo se haya apreciado el fisac por cuestiones emocionales. Según otros artículos conseguir la textura del hormigón no fue tarea fácil lo que le otorga un nuevo valor. En cualquier caso no se ve cómo un arquitecto reconocido por sus anteriores trabajos no pueda serlo por éste, o que precisamente este último no tenga la misma calidad que los anteriores. El caso del valor emocional creo que es especialmente valioso con Fisac en tanto que sus arquitecturas han sufrido ya demasiadas injusticias.
    En definitiva se trata de que la obra de un autor particular ha sido profanada por la de otro. Sería interesante ver si en lugar de Fisac fuese Gaudí.
    Creo que el edificio ha de res restituido a su estado original. Hay que tener en cuenta que en cinco años los colores de Boa Mistura se van al garete por el sol y quedará un edificio descolorido que ni es Fisac ni boa ni nada. Bueno si, es del concejal.

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